Según el Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales
(DSM-IV), el voyerismo se encuentra dentro de la categoría de
desviaciones sexuales y define a las fantasías recurrentes y
excitantes, a impulsos o comportamientos que implican el hecho de
observar ocultamente a personas desnudándose o que se encuentren en
plena actividad sexual. La enciclopedia Encarta completa dicha
definición de la siguiente manera: “Hoy ya no se designan como
perversas las formas inusuales de sexualidad; sólo son consideradas
como un problema psíquico si generan desequilibrio en las personas que
las practican o en aquéllas con las que se realiza el intercambio”.
Sin embargo, al final de cuentas, todos somos voyeristas, a todos
nos gusta observar, es una actividad inherentemente humana. Aunque no
forzosamente con tendencias sexuales, el voyerismo nos conduce al
aprendizaje, a la autoconciencia, al crecimiento, al desarrollo como
individuo; la observación es el primer paso del método científico, nos
permite darle una explicación coherente a la realidad. Todos somos
voyeristas.
El simple hecho de asistir a una función de cine implica un
acto de voyerismo: enterarnos de los detalles de la vida de un puñado
de personajes que están a la merced de nuestro implacable juicio es una
acto de omnipotencia, en ese momento somos omniscientes y dioses de la
historia.
El séptimo arte está plagado de ejemplos sobre el tema que nos ocupa: El show de Truman
(Peter Weir, 1998), donde nos enteramos de cómo la vida de un miserable
tipo resulta ser una burda mentira que sostiene el rating de una
televisión futurista, un “poquito” más voraz que la actual, o La ventana indiscreta
(1954, Hitchcock), un triller policiaco en donde un apacible fotógrafo
se olvidará de la tranquilidad luego de convertirse en un casual y
desafortunado testigo de un crimen.
Las revistas amarillas de espectáculos alimentan también la parafilia del “mirón” cuando los paparazzis
acosan al artista de moda para obtener una fotografía alejada del
glamour para incitar al morbo y, de paso, ganar una buena cantidad de
dinero por las altas ventas que siempre generan los “descuidos” de las
famosas.
En la TV los ejemplos son obvios y evidentes: The Osbourns,
donde ni el avejentado rey del heavy metal escapó de esta formula
industrial del espectáculo, aunque sin duda el espectáculo real más
famoso es Big Brother: un zoológico humano, una vitrina creadora de estereotipos, una caldera de clichés que solo evidencia nuestras miserias.
La ocupación de Irak por parte de EUA fue transmitida en tiempo real:
comunicadores entrenados por la milicia norteamericana y tecnología de
punta en comunicación nos permitió observarla a través de CNN. El
multicitado “videogate” perredista es un claro ejemplo de voyerismo
político: han quedado filmados los secretos a voces de corrupción y
negocios malsanos de la escena gubernamental nacional.
El voyeur está en todos lados, todos somos mirones.
La próxima semana, abundaremos en el tema. Gracias por la miradita, mientras tanto me gustaría saber qué opinas.