Los niños son las verdaderas víctimas de la guerra y es que, sin duda,
un conflicto bélico echa abajo la rutina de la infancia, sí, ese
territorio inocente y limpio. Y es precisamente en esa inocencia, donde
la guerra toma un dramatismo añadido, pues hay que demostrar fortaleza
y coraje, aunque no se entienda por completo lo que ocurre.
Sin ir más lejos, el célebre “Diario de Ana Frank” es una muestra
de que para quienes viven una guerra en su niñez, el hecho bélico se
transforma en el acontecimiento tristemente más importante de sus
vidas.
Por lo anterior, entrevisté a Alfredo González Olascoaga, uno
de los 127 niños procedentes de España a causa de la Guerra Civil y que
aún vive en México. Él nos cuenta cómo ante sus asombrados ojos se
desplegaba entonces un mundo incomprensible.
¿Cómo fueron aquellos días de Guerra?
Fue algo terrible, yo no entendía bien qué pasaba. Recuerdo a
mi madre, ella tenía mucho miedo, mis hermanos y yo le preguntábamos
sobre lo que pasaba, sobre el porqué estaba tan nerviosa, y siempre nos
decía que no pasaba nada, que todo estaba bien y que todo lo que pasaba
afuera iba a terminar pronto. No entendíamos porqué no podíamos salir a
jugar como lo hacíamos antes. Un día nos alejaron de nuestros padres,
cuando nos despedimos de mi madre recuerdo que nos dijo que pronto todo
iba a acabar y que en muy poco tiempo íbamos a estar juntos. Cuando eso
pasó, ya tenía bastante tiempo de no ver a mi padre y mamá
nos decía que había ido en busca de algo que nos gustaba, pero no sabía
decirnos qué era.
¿Volviste pronto a casa?
No, nunca volví. Nunca volví a saber nada de mis padres, no sé
qué pasó con ellos. Cuando regresé a casa, 25 años después, ya no
estaban ahí, nadie sabía qué había pasado con ellos y de mis hermanos,
Josefa y Alberto, supe algo después de varios años. Ellos eran los dos
mayores y por la guerra los enviaron a Francia, a mí y a mi hermano
Emilio a México. Cuando regresé a casa no recordaba ni los nombres de
mis padres, fue algo terrible volver, regresar al lugar donde naciste y
ver que nada era como lo dejaste. Estaba totalmente destruido,
irreconocible. Me acuerdo que cuando fui por primera vez, aseguraba que
no era el lugar donde había vivido mi infancia, además de que el olor
era bastante desagradable.
¿Cómo fueron aquellos días en México?
Fue horrible desde que cogimos el barco hasta los primeros años
en México. Yo era un niño, no tenía ni 10 años, y ya no tenía papás; la
situación en el barco era temible, si no peleabas por la comida, no
comías. Estuvimos varios años en un internado sin recibir el cariño de
un padre, hasta que un día Emilio y yo decidimos escaparnos con la
intención de encontrar a nuestros padres. Fue en aquel momento cuando
realmente descubrimos que la vida podía ser aún más cruel de lo que ya
era. En un principio no teníamos para comer, en casi ningún lugar nos
cogían para trabajar, por el simple hecho de ser extranjeros, donde nos
daban la oportunidad nos pagaban lo mínimo, apenas nos alcanzaba para
comer y dormimos muchos días en la calle.
Tu vida ha estado llena de sufrimiento…
Sí, toda mi infancia fue así, crecí solo. Tuve la fortuna de que
en un viaje que hice a la Ciudad de México, una familia se preocupó por
mí, me dieron de comer y me ofrecieron hospedaje, además de trabajo,
pero eso fue tras vivir varios años en la calle. No sabía leer, ni
escribir, no sabía nada. Tenía miedo de todo, cuando esta familia se me
acercó tuve mucho miedo, no sabía si irme con ellos o no, pero como
tenía tanta hambre decidí hacerlo.
¿Qué hicieron cuando supieron tu historia?
Se sorprendieron. No lograban comprender cómo un niño de mi edad
podía haber sufrido tanto. Desde el primer momento se pusieron en
contacto con varias personas para saber cómo estaba la situación en
España. Estuve viviendo bastante tiempo con ellos, fue tal la
convivencia que al final me casé con la menor de sus hijas.
¿Sigues teniendo contacto con tus hermanos?
No, yo soy el único que sobrevive. No tuve la oportunidad de
conocer a Josefa, ni a Alberto, sólo conviví con ellos en mi infancia;
nos enviábamos cartas muy seguido y en los últimos tiempos nos
llamábamos por teléfono. Emilio murió hace más de 12 años.
Antes del apoyo actual del gobierno español, ¿se habían preocupado por ustedes?
No, jamás, ellos se olvidaron de nosotros. Habían olvidado que
por su culpa perdimos todo lo que teníamos, todo lo que habíamos
recibido fue debido al gobierno de México, quienes desde el principio
nos dieron un trato digno. Anualmente se organizan reuniones donde
vamos todos los llamados “Niños de Morelia”. Pero nunca por parte del
gobierno español hasta que llegó Zapatero al poder y nos dio una
pensión de 7 mil pesos y un seguro médico.
¿Con esta medida se salda la deuda que tiene España con ustedes?
Jamás se podrá saldar, jamás lograremos olvidar esas cosas
terribles por las que pasamos en la infancia. Agradecemos que por fin
se hayan preocupado por nosotros, pero es una pena que se hayan dado
cuenta 70 años después.
¿Qué le diría al señor Zapatero?
Gracias, esperemos que esta vez no nos dejen solos.